Camiones autónomos ante la falta de talento

por | Feb 16, 2026

La falta de conductores ya no es un problema coyuntural, es estructural. Con una plantilla envejecida y miles de vacantes sin cubrir, el transporte por carretera busca soluciones. El camión autónomo emerge como una pieza clave —también para las pymes— en un sector que necesita reinventarse sin perder humanidad.

Hay sectores donde el futuro llega tarde… y otros donde llega porque no queda más remedio. El transporte por carretera en España pertenece claramente al segundo grupo. Basta con asomarse a cualquier área de servicio para entenderlo: conductores veteranos, jornadas largas y pocas caras jóvenes dispuestas a tomar el relevo. El problema no es nuevo, pero sí cada vez más urgente.

Según datos de la International Road Transport Union (IRU), el 50% de los camioneros en España tiene más de 55 años y solo un 3% es menor de 25. El desequilibrio generacional es evidente y no se corrige solo con campañas de atracción de talento. A esto se suma una realidad incómoda: hoy ya hay en torno a 15.000 vacantes sin cubrir en nuestro país, mientras que en Europa el déficit podría alcanzar los 745.000 conductores en los próximos años.

Para las pymes del transporte —y para todas aquellas que dependen de él— la escasez de chóferes se traduce en algo muy concreto: dificultad para crecer, costes al alza, rutas que no se pueden cubrir y una presión constante sobre la operativa diaria. En un sector que mueve más de la mitad de las mercancías en España, la falta de talento no es un problema interno; es un riesgo sistémico.

En este contexto, el debate sobre el camión autónomo deja de ser ciencia ficción para convertirse en una conversación estratégica.

No es sustituir al conductor, es evitar el colapso

Conviene aclararlo desde el principio: el camión autónomo no va a “quitar” empleo mañana. Ni pasado. Al menos, no en el sentido simplista que a veces se plantea. Tal y como subraya Proequity, la automatización no elimina puestos de trabajo, los transforma. Y esa distinción es clave para entender su verdadero papel en el sector.

Hoy, la mayor parte de la tecnología disponible se sitúa en sistemas avanzados de asistencia a la conducción (ADAS). La conducción altamente automatizada —nivel 4— se prevé, en una primera fase, solo en entornos muy concretos: determinados tramos de autovía, corredores logísticos específicos y escenarios altamente controlados. Nada de camiones sin volante circulando libremente por cualquier carretera.

Pero incluso ese despliegue limitado puede tener un impacto relevante: reducir la fatiga, mejorar la seguridad, optimizar rutas y, sobre todo, aliviar parte de la presión sobre un colectivo cada vez más escaso. No se trata de prescindir del conductor, sino de permitir que un mismo profesional supervise, controle o complemente operaciones más eficientes.

Del volante al panel de control

La falta de talento no desaparece, muta. A medida que la tecnología avanza, el perfil del conductor tradicional evoluciona hacia roles con mayor componente técnico. Hablamos de supervisores de transporte automatizado, operadores remotos de flotas o técnicos especializados en mantenimiento de sistemas avanzados, donde el software, los sensores y la conectividad pesan tanto como la mecánica.

Además, empiezan a emerger nuevas necesidades: especialistas en ciberseguridad aplicada al transporte, gestores de plataformas logísticas inteligentes o perfiles capaces de analizar datos para mejorar la toma de decisiones operativas. Para las pymes, esto supone un reto evidente —formación, inversión, adaptación cultural—, pero también una oportunidad para atraer talento joven que hoy no se ve conduciendo un camión, pero sí gestionando tecnología. El mensaje es claro: el futuro del transporte no se juega solo en la cabina, sino también en el centro de control.

Si hay un freno real al despliegue del camión autónomo, no es tanto tecnológico como regulatorio. La ausencia de un marco normativo unificado en Europa —especialmente en materia de responsabilidad civil, seguridad e interoperabilidad— limita cualquier implantación a gran escala. España avanza mediante pruebas y proyectos piloto, pero siempre en entornos controlados y con alcance limitado.

Desde Proequity insisten en que el éxito de esta transición dependerá de que la regulación avance al mismo ritmo que la tecnología. Sin seguridad jurídica, no hay inversión sostenible. Y sin inversión, no hay modernización posible.

Una oportunidad que las pymes no deberían mirar de lejos

“El camión autónomo no es una realidad inmediata, pero sí una tendencia que marcará el futuro del sector”, afirma David Martínez, director general de Proequity. Y añade una idea clave para cualquier gerente: “Su valor no será sustituir al conductor, sino reforzar la eficiencia y ayudar a responder a un problema estructural como la falta de chóferes”.

Para las pymes españolas, el mayor riesgo no es que el futuro llegue demasiado rápido, sino quedarse fuera por no haberse preparado. Anticipar la transición, invertir en formación y entender que el talento del mañana será distinto es, probablemente, la mejor estrategia para seguir compitiendo.

Porque, al final, la pregunta no es si el transporte cambiará, sino quién estará listo cuando lo haga.

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