Miguel España e Hijos factura 72 millones de euros y vende en más de 70 países. Empezó exportando a cuatro. Su historia no es un caso de suerte: es un manual de internacionalización que cualquier pyme puede estudiar.
Rubén España, director de exportación de Miguel España e Hijos, lo describe con una sencillez: "Hemos ido dando pequeños pasos hasta lograr la internacionalización de nuestros productos." Pequeños pasos. Cuatro décadas de historia, 72 millones de euros de facturación en 2025, presencia en más de 70 países de los cinco continentes y un 40% de la actividad comercial generada fuera de España. Pequeños pasos, sí, pero en la dirección correcta y sin detenerse.
La empresa toledana, especializada en jamón curado, embutidos y productos loncheados, es uno de esos casos que conviene leer despacio. No porque sea espectacular —aunque lo es—, sino porque es replicable. La secuencia que ha seguido durante veinte años no requiere ser una multinacional para entenderla. Requiere método, paciencia y una inversión sostenida en hacer las cosas bien.
El contexto importa para entender por qué este caso destaca. Según el Informe Pyme 2025 elaborado por el Consejo General de Economistas, solo el 20% de las pymes españolas realiza ventas al extranjero, y cuando lo hacen, la exportación supone de media el 26,2% de su facturación total. Miguel España e Hijos está en el 40%. Y no en cuatro o cinco mercados, sino en más de setenta, desde Alemania y los Países Bajos hasta Hong Kong y Japón.
El producto que abre puertas, y el formato que las mantiene abiertas
El jamón curado representa cerca del 60% de las exportaciones de la empresa. Se trata de un producto con identidad propia, difícil de replicar, con denominación de origen reconocida internacionalmente y con una demanda creciente en mercados asiáticos y del norte de Europa donde la gastronomía española ha ganado terreno en la última década.
Pero la clave más interesante del modelo no está solo en el producto estrella. Está en la adaptación. El segmento de loncheados —formatos más prácticos, orientados a la conveniencia, pensados para hogares que quieren producto español sin el ritual del corte— ya supone aproximadamente el 35% del volumen comercializado. Una empresa que hubiera exportado solo jamón entero y no hubiera prestado atención a los cambios en los hábitos de consumo globales habría dejado sobre la mesa una parte significativa de su crecimiento. Miguel España e Hijos lo vio y lo ejecutó.
El otro pilar es la inversión en credenciales. Casi 10 millones de euros en la última década en modernización, tecnología y procesos productivos. Certificaciones IFS y BRC —estándares de referencia global en seguridad alimentaria—, además del Consorcio del Jamón Serrano y el Consorcio del Chorizo. En mercados exteriores, donde el comprador no conoce la empresa, los sellos hacen el trabajo que la reputación hace en casa. No son papel: son la puerta de entrada a distribuidores que tienen criterios de homologación estrictos y no negocian con quien no los cumple.
Por qué exportar es urgente
El informe Crecimiento Empresarial publicado por CEPYME en enero de 2025 pone números incómodos sobre la mesa: cada microempresa exportadora española vendió mercancías al exterior por un valor medio de 276.000 euros en 2022, una cifra más de un 40% inferior al promedio europeo. Peor aún: entre 2017 y 2022, España tuvo la peor evolución del valor medio exportado por microempresa entre los 22 países analizados, con una caída del 11,5%. Los países del Este crecían al 50%, al 70%, al 193% en el caso de Bulgaria. España retrocedía.
Las razones son conocidas: tamaño reducido, falta de recursos humanos especializados en comercio exterior, barreras idiomáticas, incertidumbre regulatoria en destino y, sobre todo, el peso de lo inmediato. Cuando la agenda de un gerente está llena de urgencias domésticas, lo internacional puede esperar. El problema es que cuando se decide que ya no puede esperar, los competidores llevan años instalados en esos mercados.
¿Por dónde empieza quien quiere dar el primer paso? La experiencia acumulada en casos como el de Miguel España e Hijos sugiere una secuencia razonable: identificar primero los mercados más accesibles —normalmente Portugal, Francia o Italia para empresas españolas, por proximidad cultural y logística—, validar allí el producto y el modelo comercial antes de dar el salto a mercados más complejos, y trabajar desde el principio en las certificaciones que abrirán las puertas más exigentes. ICEX, las cámaras de comercio y los programas de apoyo a la internacionalización de las comunidades autónomas ofrecen recursos que muchas pymes desconocen o no activan.
Lo que no funciona es esperar a tener el producto perfecto, el momento perfecto o la estructura perfecta para empezar. Miguel España e Hijos empezó en cuatro países. Pequeños pasos, decía Rubén España. La pregunta es cuántas empresas españolas siguen esperando al momento en que todo esté listo, sin saber que ese momento no llega solo.






